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Lanzarote: ese oscuro objeto de deseo
















Una isla esculpida por César Manrique

No deja a nadie indiferente: o se ama o se odia, sin término medio. Os hablo de Lanzarote; una de las islas canarias más difíciles de entender. Su paisaje agreste no le gusta a cualquiera y su viento, a veces impertinente, puede generar rencores emocionales si no te deja ni leer el periódico. Si perteneces al grupo de admiradores/as o pretendientes/as, ¡relájate y disfruta¡.



Sólo por admirar la fusión de colores que se presentan ante nuestros ojos en la carretera que lleva desde los Jameos del Agua al pueblo de Órzola, en el norte de la isla, ya valdría la pena vistar esta isla. Es el único lugar del mundo en el que es posible ver juntos los colores de la lava, las dunas de arena blanca, el verde de las tabaibas y el azul del océano. Un lugar al que es difícil poner ningún adjetivo menor que espectacular. (foto2).


El final del recorrido es, como os he dicho el pueblo de Órzola, cercano al Mirador del Río, aunque no muy concurrido de turistas. En este pueblo para secar los pescados los cuelgan de cuerdas como si fueran ropa. Allí, en sus terrazas, mirando su minipuerto y los pesqueros, se puede tomar una buena vieja y cherne a la plancha con papas arrugás y sus mojos. Se trata de comer mirando el océano. No sé si se puede pedir mas.

Después, o antes, según cada cual, hay que realizar una visita al mirador siempre que no haya niebla, que, a veces, hay. Desde allí, se divisan los acantilados, la isla de la Graciosa, enfrente del ‘famoso’ río, que es como llaman a la franja de mar que separa ambas islas. Desde arriba se ve tranquilo, como una balsa, pero la vista engaña. Nadie sabe por qué –seguramente por las corrientes-, pero el caso es que si te atreves a cruzarlo en barco, debes prepararte para lo peor, porque es fácil que encuentres un oleaje de aquí te espero: increíble.

Como veis he comenzado el viaje por la isla desde el norte, pero si el día no está claro –en Lanzarote hay muchos climas distintos- es probable que tengáis que volver otro día en que el que la meteorología sea más benigna. En todo caso, en este recorrido de norte a sur y volviendo del mirador nos encontramos con la Cueva de los Verdes, que es visitable y esconde un secreto maravilloso que no os puedo contar y que nadie que entre en ella puede revelar jamás.


La cueva merece la pena, aunque tampoco esté entre las prioridades de muchos turistas que se la saltan para visitar los Jameos del Agua. De hecho hay un pasadizo (tubo de lava) que comunica ambas composiciones volcánicas y llega hasta el mar.


De los Jameos del Agua, (foto 5) queda poco por decir que no se haya dicho sobre su extraordinaria belleza, salvo que tiene, como el resto de la isla, el sello inconfundible de César Manrique, un mito en las islas Canarias (y en Lanzarote, en particular) y escultor de estos parajes naturales. Toda la isla fue diseñada por el artista y se nota en cada rotonda (donde hay esculturas suyas) o valla donde parece que hasta la última piedra hubiera sido colocada adrede para buscar una reacción en el visitante. (foto4)

Pero, sin duda, lo más importante es cómo Manrique supo adaptarse y modelar la naturaleza del lugar respetando el espíritu de la isla y sus señas de identidad autóctonas. Todo es obra suya salvo los jameitos, unos minúsculos cangrejitos blancos que viven en el agua de la cueva, y que tienen el mérito de haber sobrevivido a la riada de turistas que les visita día y noche (allí se organizan cenas).

Un poco más al sur, en el centro de Lanzarote está la zona turística de Costa Teguise y también Tahiche, el pueblo al lado del cuál está el edificio de la Fundación César Manrique; una maravilla que tampoco te deberías perder. En Teguise, los sábados ponen un mercadillo muy interesante que ocupa todo el pueblo.

Viajando hacia la costa oeste nos encontraremos con uno de los lugares más visitados de la isla: el Parque Nacional de Timanfaya. Antes, y como curiosidad, puedes acercarte a las
las Salinas de Janubio y un poco más adelante y al oeste, se encuentra el Golfo, una aldea en la zona de Barlovento donde se encuentra el mirador para divisar la laguna verde o Charco de los Ciclos que es el mejor lugar para hacer fotos. Dando la vuelta hacia el otro lado, se encuentra un parking y un camino para que, si quieres, y yo que tu querría, bajes andando hasta el borde de la laguna. Es verde, preciosa, una maravilla y la playa (de lava) está llena de olivinas (piedra semipreciosa verde típica la isla)…si sabes verlas, claro. Es como comer pipas: un vicio.


De ahí lo normal es acercarse a los Hervideros, (foto3) unos acantilados espectaculares donde el viento por Barlovento sopla de lo lindo y se choca contra ellas y sus cuevas produciendo rugidos indescriptibles. Date una vuelta por los senderos del acantilado, descansa –no cojas piedras que está prohibido- y empápate, nunca mejor dicho, con el agua que sube por sus chimeneas.

Con respecto al sur, Playa Blanca, acoge la mayor oferta hotelera y lujosa del lugar, y allí también está la única playa “decente”, la del Papagayo, a la que antes era difícil llegar, pero que ahora cuenta con una carretera transitable.

MAS PISTAS

LO QUE LAS GUíAS NO DICEN
Cuando vayaS a ver los ‘Hervideros’ y el ‘Charco de los Ciclos’ llévate un recipiente o bolsa para recoger en la playa rocas volcánicas con incrustaciones de olivina (la piedra verde semipreciosa mencionada). Las acantilados de Famara, al noroeste, son un espectáculo de belleza salvaje, poco visitados porque la carretera está sembrada de curvas, pero vale la pena.


PARA NO PERDERSE
La Fundación César Manrique, sin duda. Hay visitantes que “se la saltan” porque piensan que es un casa corriente, pero encierra maravillas y en ella están reflejadas muchas de las ideas de este genio de la arquitectura conceptual. Otra curiosidad es la ‘Geria’:zona de viñedos en la que puedes observar las vides hundidas en la lava y degustar los vinos de la zona: los malvasías blanco son los mejores.


COMER Y DORMIR
Los mejores hoteles están en el sur, en Playa Blanca y dos de sus estrellas son el Meliá Volcán, y el Princesa Yaiza, pero hay otros estupendos en esta misma zona. En la zona centro, el Costa Teguise es uno de los más apañaos. En cuanto a comer, si quieres algo auténtico te recomiendo ir Orzola o a pueblos como Arrieta y Guatiza. En ambos hay calles cuesta abajo, que van a dar al océano, en los que se pueden degustar pescados del día y papas arrugás a buen precio. Además, otras recomendaciones son el restaurante la Graciosa , el Mesón la Jordana, (los Geranios/Costa Teguise), el Lagomar (Nazaret), que fue la casa de Omar Sharif y, sobre todo, la Tegala (Yaiza).