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Por qué ya no me gusta Blade Runner (es un decir)

El riesgo de poner un replicante en tu vida

Los seres humanos somos muy complicados. Las mujeres vienen de venus y los hombres de marte, pero, en realidad el problema y la solución la tenemos en el cerebro; en el cerebro de ambos, quiero decir. Así que, unos por simplificar, y las otras por complicar, las neuronas sin barrer. Por eso las relaciones entre hombres y mujeres son tan peculiares y, si entra en juego el enamoramiento o la relación sexual y la convivencia, o vida en pareja, entonces la cosa se pone imposible.

De hecho, existe la creencia de que la convivencia mata el amor y algo de eso debe haber cuando tras las vacaciones de verano se produce el mayor número de separaciones. Bueno, eso era antes de la crisis, porque si hay algo ‘bueno’ que se desprende de estar a dos velas de pasta es que la gente no se puede separar y/o divorciar. ¿Resultado? Hay cada vez más parejas que conviven y no viven.

El cerebro humano es muy complicado de por sí, pero si a las conexiones neuronales (los ordenadores no pueden imitarlas por ahora) les añadimos hormonas, concluiremos en que los actos se convierten en imprevisibles; tanto, que una palabra o un gesto pueden desencadenar una tormenta de pareja. Por ejemplo, le preguntas a un hombre que si piensa en ti alguna vez, y éste te contestará que por supuesto o continuamente; una mujer, sin embargo, contestará: 'si que pienso, pero, en realidad, no debería pensar tanto en ti'…Ya veis por donde voy.

El otro día, recapacitando sobre el particular, me puse a pensar si podría haber una solución a este desencuentro de género, y basándome en el argumento de la película Blade Runner que, si recordais, alude a unos robots casi humanos, llamados replicantes, encontré una solución.

Trasladaros al año 2080. El mundo está formado por humanos y replicantes. Así que como uno puede elegir en un menú informático a su pareja ideal, me pongo a ello. Aparte de las características físicas (muchas de las cuales harían inviable como partenaire al 90 por ciento de la población), me voy a fijar sólo en el interior. Mis peticiones podrían ser éstas: quiero que le gusten las coplas y que, cada vez que vayamos de viaje, sólo se escuche a Rafael Farina, Joselito, Antonio Molina y, como mucho, Manolo Escobar. Quiero que todos los adornos de la casa estén hechos de ganchillo y que cuando entremos en nuestro hogar se escuche de fondo la música de los indios Tabajaras. Nada de televisiones ni otros aparatejos infernales. La tv sólo se encenderá por decreto y para ver la versión modernizada de ecologistas en acción o qué bonita era mi chorcha (así se llama en Castilla a las cacas de las vacas), habrá que estar de acuerdo o que se produzca un eclipse solar completo.

También ordeno que le guste a ir a mi pueblo-aldea donde el tute, la brisca y el H.P. son los pasatiempos divertidos a los que dedicarse; que sea un fan del lanzamiento de cabras desde el campanario (ya se ve que ni en 2080 seremos capaces de cambiar nuestras costumbres), de las tórridas noches en la Era, de las siestas en los poyos del frontón y de la misa de 12.

Quiero que mis padres tengan llave de la casa y que mis hermanos vengan cuando quieran a tomarse sus raciones de anacardos y cubatas. Quiero que no deje la ropa interior esparcida por la casa, ni que lleve su bolso repleto de cosas que no interesan….Quiero… Así fue como salí con mi replicante debajo del brazo. Tan mona ella…tan perfecta.

Pero un día, estando a su lado en la cama y teniendo en cuenta que había dejado a mi novia humana porque a pesar de que me quería y me juró amor eterno, observé en ella un leve distanciamiento, me propuse hacer una prueba. Le conté a mi replicante una historia lacrimógena para ver si, como decían los fabricantes de la casa Acme, ésta se conmovía. Miré su cara durante largo rato a ver si se desprendía una lágrima, pero nada. Luego le di un beso en la espalda, pero ni se inmutó. Le toqué el pelo y nada. Así que me levanté a ver el libro de instrucciones a ver si me había saltado alguna página de la puesta en funcionamiento. Todo estaba bien.

Pasaron los días las semanas y los meses, y empecé a echar de menos esas pequeñas discusiones con mi pareja, que le gustara el dance sideral (estaba de folclore hasta los mismísimos), que no me dejara que le tocara el pelo….hasta mi amado pueblín me pareció un lugar inmundo si no estaba ella, y mi familia, ¡ay mi familia¡ como mi novia era replicante y no protestaba, se habían reservado hasta un sofá en mi casa y tenían los cojines llenos de anacardos perdidos y manchas de ginebra y coca cola. No había día que no hubiera alguien en casa y esa falta de intimidad empezó a tocarme las narices.

Así que ahora me levantada por la mañanas pidiendo dance sideral, dije a mi familia que me iba a un largo viaje, y el pueblín hasta lo taché del mapa. Llamé a la compañía Acme para devolver a la replicante, pero me dijeron que no se podía. Protesté airadamente, aunque luego vi que en la letra pequeña lo ponía. ‘Humano o replicante, pero ‘pa siempre’, no se admiten devoluciones. Ahora hemos montado una cooperativa de melones cerca de Villaconejos y mi replicante curra que no veas. Ganamos pasta, pero no tengo en que gastármela. No sé si existe el mundo exterior, porque ni vemos la tele. Vamos a ser los más ricos...del cementerio. Estamos todo el día en el pueblo y llevo una zapatillas remendadas con agujeros para que se oxigenen los dedos en la calorina del verano. Pero, ¡para qué me voy a comprar ropa, si no hay donde lucirla¡. Mi replicante lleva una bata guateada, rulos y ha aprendido a decir ‘asín y endiluego’. Añoro las rebajas y el mar. Estoy perdido para siempre.

Por suerte, ni estamos en 2080 ni existen los replicantes (o al menos yo no les conozco). Por eso, hace unos días cuando mi novia me dijo que me quería, se me aflojaron los machos y le hice la ola. Ella pensó que estaba loco de atar, pero es que aún no le había contado nada de mis elucubraciones acerca de Blade Runner.