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Maldito Tupé

Prohibido llevar tupé al cine

No sé lo que pasa, pero a pesar de que parece que los humanoides -seguramente por culpa de la crisis- nos hemos instalado en territorio low cost y nos mantenemos a base de ilusiones de mercadillo algunas industrias, como la del cine, cobran suplementos hasta por respirar.

Supongo que todo ello es consecuencia de la piratería en Internet (fundamentalmente por bajada de películas), y eso ha hecho que directores y productoras se hayan inventado esto del 3D para hacer caja. Y como nos hacen culpables de la piratería a todos pues cobran varios suplementos a la entrada, ya de por sí, cara. Una sesión cualquiera, por ejemplo, cuesta unos 8,50 euros por cabeza, más 2,50 de suplemento por 3D, más 1 euro por las gafas modelo Scorsese, más otros 6 euracos o más de palomitas y refrescos. ¿Sumo? 18 euros por persona, lo que multiplicado por dos (al menos) hace que la tarde de cine salga por unos 36 euritos del ala; es decir, más de 5.000 pesetas.

Pero lo peor no es que te cobren suplemento hasta por respirar, sino la aventura que comienza a partir de entonces. En según qué cines, es complicado encontrar el número de fila y de asiento. Y es que en esos instantes interminables sientes cómo los que ya están sentados piensan que eres un inútil (tal vez con razón). Como venganza, al pasar a tus localidades pisas dos o tres juanetes y te redimes de la coña anterior. Entonces te sientas, repartes abrigos, viandas y bebidas entre las butacas y tus rodillas y cuando te dispones a ver la peli descubres con horror que delante de tí se ha colocado un tipo que tiene más cabeza que un melón de Villaconejos y encima lleva el pelo con tupé, lo que impide que veas al menos un tercio de la pantalla.

En esas estaba el otro día cuando me dio por pensar que a estos tipos había que cobrarles un suplemento por tupé o, bien, hacer un descuento a quien estuviera en el asiento de atrás. Al fin y al cabo, por su culpa me perdí algunos momentos de chiste, alguna chica mona e incluso alguna escena fundamental para la comprensión de la peli.

Por eso creo que en las puertas de los cines deberían poner una especie de arco torraero, con unas dimensiones tipo para medir torraos (o cabezas). ¿Quiere entrar al cine? Pues meta usted aquí la cabeza (como si fuera el equipaje de mano de un avión). Si pasa la prueba, puede ver la peli; que no, lo sentimos mucho, o se sienta en el suelo o le cortamos las piernas, usted decide.

Otra opción sería vender redecillas para el pelo (igual que se venden las gafas 3D) para poder controlar los tupés más rebeldes en segundos. Eso sí, alguno saldría del cine con la permanente hecha y con el pelo a lo Jackson Five y un cambio de look gratuito. Y si eso, tampoco surtiera efecto, lo suyo sería contratar a Llongueras -ahora que su familia le ha quitado las peluquerías- para que pusiera una especie de capilllita a la entrada del cine en la que todos aquellos que tuvieran pelo pincho pudieran confesar sus pecados y que el peluquero, en penitencia, les hiciera un moldeado "con su sistema" in situ.

No lo vais a creer, pero es cierto. Una vez conocí a un tipo tan raro y expeditivo que era capaz de comprarse seis camisas grises, seis pantalones grises, seis camisas blancas y seis pares de zapatos negros de una tacada. El tío era catalán, ingeniero de telecomunicaciones, y estaba más pallá que pacá, pero nunca tuvo problemas en el cine. Su estrategia era un tanto cara, aunque efectiva. Cuando iba con su novia a ver una peli compraba seis entradas: las dos de delante, las dos de al lado y las dos suyas. Con ello se aseguraba no recibir codazos de los vecinos nerviosos, y, por supuesto, no tener a ningún jefe Sioux tupé recalcitrante y cabeza risco que le impidiera disfrutar de la cara angelical de Liv Tyler, por decir algo. Así que, o prohiben entrar al cine con tupé, o no vuelvo. ¡Palabrita de Spielberg!